UN ESCUDO LLENO DE CICATRICES
A finales de los años
30, cuando comenzaba la II Guerra Mundial, el Calcio dominaba el fútbol
internacional. La selección italiana, con la sombra del dictador Benito
Mussolini en la lejanía, era vigente campeón de las dos últimas Copas del Mundo
disputadas hasta la fecha, en 1934 en Italia y en 1938 en Francia, y la Serie A
se reconocía en Europa como la liga más dura.
En plena Guerra se comenzaba a gestar un equipo, Il Grande Torino, que iba a dominar el
Calcio hasta el final de la década de los cuarenta. El presidente del club
Ferruccio Novo, con el objetivo de crear un Torino campeón tras el regreso a la
Serie A en los años 30, consigue llegar a un acuerdo con el humilde Unione Venezia
-equipo revelación de 1941 tras ganar la Coppa y clasificarse tercero en la Serie
A- para cerrar los traspasos de su pareja atacante Ezio Loik y Valentino
Mazzola. Fue la guinda a un equipo que aportaba diez jugadores en el once
titular de la selección azzurra y que a partir de ese momento iba a ser
totalmente imbatible.
El fútbol de este equipo se alejaba por completo del
catenaccio que dominaría el Calcio años más tarde. Su propuesta de ataque era
devastadora, utilizando solo tres defensas y con un caudal ofensivo que
destrozó cifras goleadoras que todavía hoy no se han podido superar en Italia.
Los 125 goles en 40 partidos de la temporada 1947/48 suponen un récord que
parece seguirá vigente durante décadas en la Serie A.
Valentino Mazzola se erigió líder de este equipo desde el
primer momento, y símbolo del club para la para la eternidad. Era el prototipo
de futbolista total, omnipresente en todas las partes del campo, tanto en
defensa como en ataque, a pesar de que su posición inicial era la de interior
izquierdo. Trabajador infatigable, no exento de técnica, le sobraba carisma
para contagiar su casta al resto del equipo. Cobraba el doble que sus
compañeros porque ellos así lo querían, según afirmaba el presidente Ferruccio
Novo, y cuentan los que le vieron jugar que cuando los partidos se ponían
cuesta arriba, Mazzola se arremangaba la camisa como mensaje a sus compañeros
de que ese partido se remontaba. Y vaya si lo hacía. Famoso es un partido en el
que el Torino se fue al descanso perdiendo 0-1 en el Estadio Filadelfia ante la
Roma, que acabaron ganando 7-1 después de que el capitán se subiera las mangas.
El legendario delantero de la Juventus Gianpiero
Boniperti, que más tarde presidiría el club bianconero, explicaba como en el
año 1948 en un derbi contra el Torino chutó en boca de gol y seguro de haber
marcado incluso celebró el tanto, pero de la nada había aparecido Valentino
Mazzola para impedir el gol sobre la misma línea. Cabizbajo y abatido Boniperti
volvía a su campo, y apenas alzó la cabeza Mazzola estaba celebrando el gol que
acababa de meter a la contra.
La temporada anterior había sido capocannonieri de la Serie A con 29 goles en 38 partidos, cifras
exageradas para un interior izquierda, y la sociedad que formaba con Ezio Loik,
que jugaba por la derecha era la más temida de toda Europa. Mazzola, con el
diez a la espalda, marcaría más de 100 goles por los 70 de Loik, con el ocho,
en sus cinco temporadas en el equipo granata.
Este fútbol que quedó grabado para siempre en la memoria
de los aficionados italianos se tradujo en un arsenal de títulos. Desde 1943
hasta 1949 ganó cinco Scudettos consecutivos (los años 44 y 45 no se disputaron
por la II Guerra Mundial), y una Coppa en el año 43 que supuso el primer
doblete de un equipo italiano en el Calcio, cimentado en goleadas ante los
rivales más duros como Milan (5-0), Venezia (4-0) o Juve (5-1).
Su
campo de entonces, el estadio Filadelfia, en el centro de Turín y con capacidad
para 30.000 espectadores, fue un fortín desde 1943 hasta 1949, tiempo en el que
el Torino se mantuvo invicto durante 93 partidos.
A
principios de mayo de 1949 el equipo estaba en su apogeo. Despertaba admiración
a nivel mundial, y la afición italiana contemplaba como a un año vista del
Mundial que se iba a disputar en Brasil en 1950, su selección era seria
candidata a batir a la todopoderosa selección carioca en su propia casa. La II
Guerra Mundial había impedido la disputa de los campeonatos del mundo que
debían haberse disputado en 1942 y 1946, y era la ocasión por fin de ver al
Grande Torino, esta vez con la camiseta nacional (recordemos que aportaba diez
jugadores al once titular de la azzurra),
enfrentarse a los mejores jugadores del planeta.
| Funeral de la tragedia de Superga |
Vittorio
Pozzo, seleccionador italiano, le tocó pasar el calvario de reconocer a los
cadáveres de los jugadores, a los que conocía de sobra, y que congregaron a más
de medio millón de personas que querían despedirse de sus ídolos el día de su
funeral.
El
Torino fue proclamado campeón de aquella Liga a falta de cuatro jornadas, que
los equipos del calcio accedieron a jugar con sus equipos juveniles. Al año
siguiente la selección italiana viajó a Brasil en barco debido al impacto
mediático que había supuesto el accidente.
Suponía
la desaparición de un equipo de ensueño que se encontró con todos los hándicaps
posibles. Que en el desarrollo de la II Guerra Mundial no hubiera mundiales,
que no se disputasen todavía competiciones europeas, el hecho de que no
existieran las televisiones y el fatídico accidente privaron a este equipo y a
estos jugadores de tener un palmarés aún más extenso y de haber mostrado al
mundo lo que solo unos pocos privilegiados pudieron disfrutar, el que fue uno
de los mejores equipos de la historia.
La
tragedia supuso un batacazo en la historia del equipo granata, que no volvería
a ganar un Scudetto hasta 1976. Entre medio un año en la Serie B en 1959 y un
resurgir en la década de los 60 con la llegada a la presidencia del club del
empresario industrial Orfeo Pianelli. En 1967 el club vuelve a codearse entre
los más grandes liderados por la estrella italiana Gigi Meroni, apodado “la
farfalla granata”, por ser elegante como una mariposa. Era íntimo amigo del
hijo de Valentino Mazzola, Sandro, que triunfaba entonces en el Inter de Milán
de Helenio Herrera y Luis Suárez. El Torino volvía a suspirar por el Scudetto
cuando de nuevo la desgracia se ceba con el club. En octubre de ese año, tras
un partido contra la Sampdoria, Moreni y su compañero de equipo Polletti se
saltan la concentración postpartido para ir a tomar algo. Ambos pararon en
mitad de la carretera del Corso Re Umberto por el intenso tráfico, y un Fiat
124 Coupé que circulaba en dirección contraria le rompe una pierna a Meroni y
lo desplaza varios metros hacia atrás, donde un Lancia Appia sin tiempo para
reaccionar se lo llevó por delante quitándole la vida a sus 24 años. Para
añadir más crueldad al suceso el conductor del Fiat 124 era Attilio Romero,
socio del Torino Calcio y seguidor acérrimo de Gigi Meroni, y que casualidades
de la vida llegaría a ser presidente del club granata en el año 2000. La
pérdida de Meroni y el deseo de dedicarle un título sirvió como acicate para el
equipo aquella temporada que acabó alzándose con la Coppa.
De
nuevo una tragedia golpeaba al club, que no se repuso hasta que en 1976 un
equipo recordado como “tremendismo granata” encabezado por la dupla goleadora
Pulici-Graziani conquisto el Scudetto 27 años después de la tragedia de
Superga. Miles de tifosi granatas
fueron con antorchas a celebrarlo al altar que se encuentra junto a la Basílica
de Superga.
Desde entonces solo un
subcampeonato de liga en la 1984/85 que ganó el Hellas Verona, una derrota en
la final de la Copa de la Uefa de 1991/92 ante el Ajax de Louis Van Gaal, y una
Coppa de Italia la temporada siguiente, último título de la historia del club.
Después multitud de problemas económicos y una continua alternancia de ascensos
y descensos entre la Serie A y la Serie B. Tras el ascenso conseguido esta
temporada pasada buscará la estabilidad institucional que tanto ha echado en
falta todos estos años, esperando que la suerte deje de darle la espalda por
una vez en la vida.
Alberto Egea Estopiñán, Revista-Kaiser nº25 12/10/2012
@esttoper
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