viernes, 12 de octubre de 2012

UN ESCUDO LLENO DE CICATRICES nº25 Revista Kaiser 12/10/2012

UN ESCUDO LLENO DE CICATRICES

                  A finales de los años 30, cuando comenzaba la II Guerra Mundial, el Calcio dominaba el fútbol internacional. La selección italiana, con la sombra del dictador Benito Mussolini en la lejanía, era vigente campeón de las dos últimas Copas del Mundo disputadas hasta la fecha, en 1934 en Italia y en 1938 en Francia, y la Serie A se reconocía en Europa como la liga más dura.
            En plena Guerra se comenzaba a gestar un equipo, Il Grande Torino, que iba a dominar el Calcio hasta el final de la década de los cuarenta. El presidente del club Ferruccio Novo, con el objetivo de crear un Torino campeón tras el regreso a la Serie A en los años 30, consigue llegar a un acuerdo con el humilde Unione Venezia -equipo revelación de 1941 tras ganar la Coppa y clasificarse tercero en la Serie A- para cerrar los traspasos de su pareja atacante Ezio Loik y Valentino Mazzola. Fue la guinda a un equipo que aportaba diez jugadores en el once titular de la selección azzurra y que a partir de ese momento iba a ser totalmente imbatible.
            El fútbol de este equipo se alejaba por completo del catenaccio que dominaría el Calcio años más tarde. Su propuesta de ataque era devastadora, utilizando solo tres defensas y con un caudal ofensivo que destrozó cifras goleadoras que todavía hoy no se han podido superar en Italia. Los 125 goles en 40 partidos de la temporada 1947/48 suponen un récord que parece seguirá vigente durante décadas en la Serie A.
            Valentino Mazzola se erigió líder de este equipo desde el primer momento, y símbolo del club para la para la eternidad. Era el prototipo de futbolista total, omnipresente en todas las partes del campo, tanto en defensa como en ataque, a pesar de que su posición inicial era la de interior izquierdo. Trabajador infatigable, no exento de técnica, le sobraba carisma para contagiar su casta al resto del equipo. Cobraba el doble que sus compañeros porque ellos así lo querían, según afirmaba el presidente Ferruccio Novo, y cuentan los que le vieron jugar que cuando los partidos se ponían cuesta arriba, Mazzola se arremangaba la camisa como mensaje a sus compañeros de que ese partido se remontaba. Y vaya si lo hacía. Famoso es un partido en el que el Torino se fue al descanso perdiendo 0-1 en el Estadio Filadelfia ante la Roma, que acabaron ganando 7-1 después de que el capitán se subiera las mangas.
            El legendario delantero de la Juventus Gianpiero Boniperti, que más tarde presidiría el club bianconero, explicaba como en el año 1948 en un derbi contra el Torino chutó en boca de gol y seguro de haber marcado incluso celebró el tanto, pero de la nada había aparecido Valentino Mazzola para impedir el gol sobre la misma línea. Cabizbajo y abatido Boniperti volvía a su campo, y apenas alzó la cabeza Mazzola estaba celebrando el gol que acababa de meter a la contra.
            La temporada anterior había sido capocannonieri de la Serie A con 29 goles en 38 partidos, cifras exageradas para un interior izquierda, y la sociedad que formaba con Ezio Loik, que jugaba por la derecha era la más temida de toda Europa. Mazzola, con el diez a la espalda, marcaría más de 100 goles por los 70 de Loik, con el ocho, en sus cinco temporadas en el equipo granata.
            Este fútbol que quedó grabado para siempre en la memoria de los aficionados italianos se tradujo en un arsenal de títulos. Desde 1943 hasta 1949 ganó cinco Scudettos consecutivos (los años 44 y 45 no se disputaron por la II Guerra Mundial), y una Coppa en el año 43 que supuso el primer doblete de un equipo italiano en el Calcio, cimentado en goleadas ante los rivales más duros como Milan (5-0), Venezia (4-0) o Juve (5-1).
Su campo de entonces, el estadio Filadelfia, en el centro de Turín y con capacidad para 30.000 espectadores, fue un fortín desde 1943 hasta 1949, tiempo en el que el Torino se mantuvo invicto durante 93 partidos.
A principios de mayo de 1949 el equipo estaba en su apogeo. Despertaba admiración a nivel mundial, y la afición italiana contemplaba como a un año vista del Mundial que se iba a disputar en Brasil en 1950, su selección era seria candidata a batir a la todopoderosa selección carioca en su propia casa. La II Guerra Mundial había impedido la disputa de los campeonatos del mundo que debían haberse disputado en 1942 y 1946, y era la ocasión por fin de ver al Grande Torino, esta vez con la camiseta nacional (recordemos que aportaba diez jugadores al once titular de la azzurra), enfrentarse a los mejores jugadores del planeta.
Funeral de la tragedia de Superga
Pero todas estas ilusiones se iban a ir al traste en la tarde del 4 de Mayo de 1949. Mazzola había convencido al Torino para viajar a Lisboa a disputar un partido amistoso el 3 de mayo frente al Benfica con motivo de la retirada de su colega Francisco Xico Ferreira. Tras jugar el partido de homenaje que perdieron 4-3 regresaban en avión a Turín al día siguiente, y ni en la peor de las pesadillas se barruntaba lo que estaba a punto de suceder. La niebla y las nubes a baja altura agravaron un error de navegación en el pilotaje del avión FIAT G.212 que tuvo como consecuencia que éste se acabara estrellando contra la basílica de Superga, a las afueras de Turín. Las 31 personas que viajaban en el avión fallecieron, incluidos los 18 jugadores del Torino (exceptuando el lateral izquierdo Sauro Tomá que no viajó por lesión), técnicos, directivos, periodistas y los cuatro tripulantes. La fortuna sonrió al que después sería estrella del F.C. Barcelona, el húngaro Ladislao Kubala, entonces en las filas del Pro Patria italiano (donde solo jugó amistosos), que había sido invitado por el Torino a jugar el partido de homenaje. Pero su familia había logrado huir de Hungría tras la guerra y desechó la invitación. Cambió por suerte el viaje a Lisboa por un viaje a Udine para encontrarse con ellos.

Vittorio Pozzo, seleccionador italiano, le tocó pasar el calvario de reconocer a los cadáveres de los jugadores, a los que conocía de sobra, y que congregaron a más de medio millón de personas que querían despedirse de sus ídolos el día de su funeral.
El Torino fue proclamado campeón de aquella Liga a falta de cuatro jornadas, que los equipos del calcio accedieron a jugar con sus equipos juveniles. Al año siguiente la selección italiana viajó a Brasil en barco debido al impacto mediático que había supuesto el accidente.
Suponía la desaparición de un equipo de ensueño que se encontró con todos los hándicaps posibles. Que en el desarrollo de la II Guerra Mundial no hubiera mundiales, que no se disputasen todavía competiciones europeas, el hecho de que no existieran las televisiones y el fatídico accidente privaron a este equipo y a estos jugadores de tener un palmarés aún más extenso y de haber mostrado al mundo lo que solo unos pocos privilegiados pudieron disfrutar, el que fue uno de los mejores equipos de la historia.
La tragedia supuso un batacazo en la historia del equipo granata, que no volvería a ganar un Scudetto hasta 1976. Entre medio un año en la Serie B en 1959 y un resurgir en la década de los 60 con la llegada a la presidencia del club del empresario industrial Orfeo Pianelli. En 1967 el club vuelve a codearse entre los más grandes liderados por la estrella italiana Gigi Meroni, apodado “la farfalla granata”, por ser elegante como una mariposa. Era íntimo amigo del hijo de Valentino Mazzola, Sandro, que triunfaba entonces en el Inter de Milán de Helenio Herrera y Luis Suárez. El Torino volvía a suspirar por el Scudetto cuando de nuevo la desgracia se ceba con el club. En octubre de ese año, tras un partido contra la Sampdoria, Moreni y su compañero de equipo Polletti se saltan la concentración postpartido para ir a tomar algo. Ambos pararon en mitad de la carretera del Corso Re Umberto por el intenso tráfico, y un Fiat 124 Coupé que circulaba en dirección contraria le rompe una pierna a Meroni y lo desplaza varios metros hacia atrás, donde un Lancia Appia sin tiempo para reaccionar se lo llevó por delante quitándole la vida a sus 24 años. Para añadir más crueldad al suceso el conductor del Fiat 124 era Attilio Romero, socio del Torino Calcio y seguidor acérrimo de Gigi Meroni, y que casualidades de la vida llegaría a ser presidente del club granata en el año 2000. La pérdida de Meroni y el deseo de dedicarle un título sirvió como acicate para el equipo aquella temporada que acabó alzándose con la Coppa.
De nuevo una tragedia golpeaba al club, que no se repuso hasta que en 1976 un equipo recordado como “tremendismo granata” encabezado por la dupla goleadora Pulici-Graziani conquisto el Scudetto 27 años después de la tragedia de Superga. Miles de tifosi granatas fueron con antorchas a celebrarlo al altar que se encuentra junto a la Basílica de Superga.
Desde entonces solo un subcampeonato de liga en la 1984/85 que ganó el Hellas Verona, una derrota en la final de la Copa de la Uefa de 1991/92 ante el Ajax de Louis Van Gaal, y una Coppa de Italia la temporada siguiente, último título de la historia del club. Después multitud de problemas económicos y una continua alternancia de ascensos y descensos entre la Serie A y la Serie B. Tras el ascenso conseguido esta temporada pasada buscará la estabilidad institucional que tanto ha echado en falta todos estos años, esperando que la suerte deje de darle la espalda por una vez en la vida.


Alberto Egea Estopiñán, Revista-Kaiser nº25 12/10/2012
@esttoper

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